Mi primera odisea cairota
Hace tres años fui a comerme un falafel y acompañar a Prisci, mi mejor amiga y compañera de piso madrileño, a coquetear con el que trabajaba en el restaurante. Mientras ellos coqueteaban y yo comía sentada en la barra, llegó Noor. Note una dinámica rara ya que Xavi (le cambie el nombre), el del restaurante, se le notaba una vibra de que se le había juntado el ganado. Poco después descubriríamos que él estaba coqueteando con las dos (y muchas más, entre ellas su novia de varios años). Mientras Xavi encontraba su dinámica, Prisci seguía en su coqueteo, Noor y yo nos encontramos conversando e invitándonos a gigs creativos en Madrid.
N: “Vente mañana a ayudar para grabar un vídeo de música, es de reggaeton, no se mucho pero creo que haré la dirección”
E: “De una, toma mi número”
Así intercambiamos contacto y aunque nunca llegue al vídeo de música, si llegamos a fomentar una conexión tan bonita que la ha llevado a ella a Berlín a visitarme y a mí me trajo esta semana a Egipto.
Es de esas amistades que no existen las dinámicas GenZ de que me tienes que escribir, mandar memes o posts de amistad para saber que aún somos amigas. No. Nos apoyamos cuando lo necesitamos, nos invitamos a nuestros cumpleaños, y nos queremos bonito. Las amistades que regalan las coincidencias, pues.
Hace dos semanas, a esta hora, estaba recogiendo mi puesto tras estar sentada frente a una computadora en una oficina en Berlín haciendo gráficos para una empresa de lujo. Hoy estoy llegando de un día de turisteo en Asuán, Egipto con Noor, que se aventuró a venir para acá conmigo.
No sé si es la vena latina, el Sol que brilla todo el año, o el árabe que me hace sentir como si esto es lo mismo que mi país, Venezuela, o lo mismo pero make it Arabic. Así me he sentido.
La vena latina sin duda fue la que organizó el viaje. Reservamos el hotel donde nos estamos quedando, Nala Narty, el lunes en la noche, con nuestro viaje a Asuán el martes por la mañana.
Llegamos el martes a las siete a.m. - una pensaría que eso sería perfecto para pasar el día, pero llegué al Cairo el lunes a las once de la noche y el logré llegar a casa de Noor a las dos a.m. Llegamos, desayunamos divinamente frente al Nilo, conocimos a Sherif, el que lleva el hotel, y fuimos a una siesta que duró 18h. Es decir, hasta el día siguiente. Es decir, hasta hoy por la mañana.
Pero la verdadera odisea comenzó al bajarme del avión.
Pensé que llegar al Cairo sería igual de chill que cuando llegué a Marrakech la semana pasada. Pero al bajarme del avión y esperar en línea por una hora para obtener la visa tuve un sentimiento de que sería distinto. Mi batería social que siempre está activa me llevó a hacerme amiga de Usama y de su amigo (bello, pero olvide su hermoso nombre) quienes estaban frente mío. Hicimos trueque y Usama se fue a cambiarnos euros a libras egipcias en la cola de al lado mientras el amigo y yo esperábamos. Hablamos, contamos, y compartimos sueños y derrotas. Así suelen ser las conversaciones del visado.
En un momento nos separamos pero poco sabíamos lo que nos esperaba. Dos controles más, colas sin organización (si, me he vuelto muy alemana) y unos policías “en cubierto” que me intentaron parar pero pensaba que me querían estafar y simplemente los ignoré - para luego ver que también estaban interrogando a varias personas que venían en mi mismo vuelo. Ya hacia la última cola, que atravesaba toda la sala de reclamo de equipaje, mi yo alemana salió a flote y me fui hasta el final de la misma.
Fue el 10% de batería de mi teléfono, el e-sim que no funcionaba y mi yo venezolana que me dijo “chama actívate, ¿¿que estás haciendo al final de esta cola??” Y así reencontré a mis amigos, que estaban siendo interrogados por una posible posesión de drogas (lo que querían era real pero poco sabían que Usama es marroquí y habla árabe como habla español) y tras terminar un interrogatorio muy informal (los policías estaban fumándose sus buenos cigarros) les pedí a mis amigos si podíamos compartir Uber por mi desalentado estado telefónico.
Al salir e intentar pedir un Uber, Mohammed, un taxista con lo que debe ser un PhD en Ventas, nos juró en su nombre y en el de Alá que Uber no llegaba al aeropuerto, y que ya no funcionaba en Cairo. Que el nos llevaba a nuestros destinos por 25€. Imagínate tú. ¿Cómo no creer lo jurado bajo palabra divina?
Pues la vena latina sólo cree en hechos. Con Hotspot de Usama llamé a Noor, verificamos que sí, Uber sí existe y sí funciona en Egipto y pedimos nuestro carro. Tras 12 minutos de espera, llegó Hany, el próximo personaje de mi historia cairota.
No se si era el sueño, la cantidad de sonidos a mi alrededor, o la desesperación de querer llegar ya, que al sentarme en el asiento de adelante y mis compadres atrás, sentí que iba en un KIA con cero ventanas funcionales, tierra que se transpiraba, música a todo volumen en un idioma que no comprendo, y un señor que iba más lento que mis aspiraciones de ser rapera.
Pues me tocó confiar en Alá que llegaría sin problema. Y si, te doy spoiler, si llegué.
Hany, un orgulloso egipcio cairota, me preguntó si era mi primera vez en su país. Ascendí.
“Grab your phone now. I give you recommendations”.
Y así sin saberlo comenzó mi primer tour egipcio. Nos enseñó la ciudadela y explicó las atracciones cerca de ella (hanging church, civilization museum), nos llevó a ver el nuevo Gran Egyptian Museum y nos dijo “now… surprise” y así, sin saberlo, vimos, gritamos, nos emocionamos y seguimos gritando de la ilusión de ver por primera vez, con nuestros propios ojos, las pirámides egipcias. Ellos se abrazaban y yo abrazaba a mi bolso y estiraba mi mano detrás para unirme brevemente a su abrazo.
La emoción que sentimos los tres fue tan honesta, alucinante y humana que me recordó de lo bonita y simple que puede ser la humanidad. Cuatro extraños, todos emocionados, uno porque estaba enseñando con orgullo un monumento de sus tierras, y tres porque estaban viendo algo que solo habían escuchado en libros de historia y visto en fotos ajenas.
Los dejamos a ellos primero y luego quedaban veinte minutos para casa de Noor. No era que lo podía leer en su teléfono donde también se veía el mapa, ya que los números estaban en árabe, sino que me siguió contando sobre cada barrio, sobre los 40 millones de habitantes que tiene El Cairo por el día y los 35 que tiene por la noche, sobre sus hijos, y sobre cuánto tiempo nos quedaba de camino.
Me pregunto si tenía instagram. Un clásico. Dije que no. Que estaba casada y que mi esposo llegaba mañana a Egipto. También le dije que era artista y vivía de ello. Como dice mi madre, el lenguaje es el lugar de la realidad.
Llegamos a donde pusimos la dirección - pero ya yo tenía 1% de batería y 0% de señal. Hany agregó a Noor en su teléfono, con poco éxito logramos contactarla, grité Nooooooor, nada, volvimos a intentarlo y al fin se pudo la llamada y salió Noor de la siguiente cuadra a encontrarme.
Dios. O Alá. Llegué. Puf. Marruecos se siente Suiza en comparación.
En dos horas había que salir a Asuán. Rellenamos una hora lo más posible con updates, dormimos una hora, y salimos a las cuatro a.m. para nuestro vuelo.
Contaré más cuando regrese al Cairo el viernes. Me encanta contar por acá mis aventuras y escribirlas me hace sentir que estoy viviendo algo especial. Gracias por leer hasta aquí 💛




It sounds like Ciaro welcomed you with chaos and beauty! The part about your husband made me laugh out loud hehe. Can't wait to hear more about your adventures and the souls you meet along the way!
Y para seguir el thread de tu gran toque humorístico—en la parte de tus sueños de ser rapera.. escupí mi trago de agua de la risa.
Can’t wait to read your next adventure and meetings along the way!